Verano


Hace tiempo fue verano.
Quizás fuera ayer
o el mes pasado.

Quizás no llegó a serlo

y tarde aún en llegar.

Recuerdo aquel verano,
el aire corría ligero por las calles
en la madrugada, cayendo poco a poco
sobre los hombros y la conciencia
al cruzar el día.

Era verano, y no había
rastro del frío, los grises
eclipsados
por aquella calidez
quedaron ausentes de cualquier estampa,
solo cuerpos en luz como un banco de peces
danzando en un rumor de olas y risas
centelleando mezclados.

Fue verano, llegó de alguna parte,
y se fue de improviso
en algún momento, dejando
un anhelo de salitre y de regreso
como de pies de agua.

Cuando llegue de nuevo,
me quedaré dormido en medio de su piel
tan encendida,
como un pájaro hilvanado, para siempre,
en el mantel del horizonte.
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Moscas


No sé si os habéis fijado
que este verano
parece que hay menos moscas.
Es extraño.
Estarán asustadas -me digo-
por la actualidad,
y no salen
de allí donde se escondan.
Pasa igual con alguna gente -no toda claro-
no digo que no salgan por gusto,
ya sabemos
todo el asunto que hay ahora.
Acuden al hedor de desperdicios
y súbitamente, desaparecen cuando
aparece el insecticida
de la integridad.
Deben responder a alguna llamada de enjambre
inaudible
y se convierten en eso que mi padre
llamaba “cojoneras”; es curioso
cómo se unen
testículos y alas
tan juiciosamente.
Habrá pues que congratularse
porque algunas cosas de hoy, pocas quizás,
higienicen algunas miradas.
Hay héroes perennes
que resurgen de lo recóndito y
tan pequeños, fumigan con rutinas de esperanza,
aunque siempre queda
alguna bolsa de basura abierta
y nunca lejos un escondite
donde zumba inmunda la vileza
frotándose las patas
.
.
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Módulo de servicio

De mercurio parecen los charcos a los que sin querer me asomo.
Se me abalanzan feroces entre los escombros de las aceras,
espejos profundos devoradores de recuerdos
que dejan la calle vacía a mis ojos fijos de autómata.

El aire clava sus uñas en mi hirviente piel metálica.
Cualquier huella es hoy un puñado de engranajes oxidados.
Caen sin ruido desde el averiado motor de escape,
un corazón mecánico flotando entre tanques fríos de helio.

¿Cuánto seguirá habiendo de humano en mí?
Hay veces que las neveras lloran,
oigo el hielo crecer entre los cráteres de la madrugada
mientras los perros ladran en sueños al paso de mi maquinaria incomprensible.

No es posible sujetar indemne una rosa con las manos de hierro.
Caen torturados sus pétalos a los charcos congelados mientras las espinas
quieren clavarse en mi blindaje, buscando desangrar la memoria
como negando al olvido para, en ese instante, poder sentir que aun vivo.

Sueños de arcilla


Déjame crearte
a imagen y semejanza
de todo lo que ansío, arrancándote
de la arcilla de los deseos.
Déjame entrar
en tu identidad pura,
en la suavidad oculta de tu alma,
déjame irrumpir en la agitación latente de tu risa escondida.

Yo soy aquel que viene,
buscándote en la madrugada,
rastreándote como azucena que reviste al mundo de un polen de esperanza.
Invisible estoy a la espera del murmullo de tu carne abriéndose al paladar de mis palabras.
No quedará nada entre el agua de tu mirada y la tierra de mis montañas,
no dejáremos nada de nuestro barro para los otros…
¡Acabémonos, así, juntos!,
lleguemos a nuestra esencia, a la verdad de lo que somos,
a la gravedad más ligera de los sentidos, flotemos en nuestro universo
como planetas danzando cual anillos de humo.

Mas… aún no vienes. Te espero y
no llegas. Me pregunto
que techos tendré que horadar para que vengas, incontenible, volando hacia mí,
cómo será el hueco de tu pecho para que quepan encajados mis versos desnudos,
cómo de rosa será tu boca para poder regarla con la lengua de mi corazón empantanado.
Te llamo, como a una inspiración conmovedora, como a la verdad última,
como llamaría al infinito desde la finitud rotunda de mi cuerpo, ofrenda
que encontrarías a tus pies
a tu llegada.

Déjame crearte
desde estas líneas,
desde el blanco ilimitado, en el que imaginarte sea como dar pinceladas al mañana,
extraerte así del cuadro de los sueños
para que se impregne de tus colores mi entorno
como una luz impetuosa que haga brotar toda vida.

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Los apéndices de la lengua


Mis dedos
han sido siempre mi auténtica voz.
Desde el silencio,
ellos han hablado por mí,
desde la fidelidad tersa de su carne
y la entrega vivaz
de sus confidentes nervios,
haciendo vibrar de infinitos al corazón en el aire:
Ha habido siempre tanto que decir…
Desde un rincón callado
todas las palabras omitidas salen,
explotan sin sus silabas y se abren arrebatadamente paso,
reveladoras,
sin que mi garganta se delate.
Mis manos acarician intensas mis sentidos
y dejan flotando mensajes perdidos al mundo
como si pudieran fertilizarlo, desde el anonimato
de mis soledades
haciendo brotar eternos los sonidos, dejándolos emerger
como si yo ya no estuviera
como si quedaran tan solo
mi alma desnuda
y mi guitarra
o mi piano
haciendo hechizados el amor con la tierra.
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.
.

Anhelado


Hay un poema que aún no he escrito.
No se si lo escribiré algún día, aunque lo haga
siempre y cada vez, o al menos
una o dos veces
cada noche.
No se de que va, ni adonde me lleva.
Tampoco sé si es autobiográfico, o si su voz
flota por encima de mí, como un reflejo de otras vidas
que no fueron sino apenas la mía.

A veces lo leo, antes
de que desaparezca en el aire del todo, enredado
con otros versos de tierra que lo ahogan en el barro
de las cavilaciones
y lo dejan escondido, quizás
porque en realidad sea él quien se esconda de mí
para que no deje de perseguirlo.

Me pregunto
que haría si llegara a encontrarlo…
Quizás, lo mejor sería
dejarlo marchar
derramarse calle abajo, corriendo
con los pies marchitos del olvido,
romperlo en mil pedazos para que vuelen en el aire
abonándolo con su espíritu,
como las cenizas de un muerto
que no supiera
que vivió una vida plena
aún sin haber nacido.

.
.
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Viaje hacia la luz

..
Hace años,
recuerdo,
le estaban creciendo los ojos desde dentro.
Era difícil -pensaba yo-
no poder ver
más que las entrañas,
ver circular el flujo por las venas
como la simiente primigenia de la propia vida
que serpentea en kilómetros
tan pequeños.
Caminar,
era siempre tomar el camino de vuelta
hacia uno mismo
dejar unos gestos balancearse afuera
como tentáculos ciegos agarrándose a la claridad
desconocida
que se adentraba limítrofe desde el lejano universo.
Es difícil explicarlo…
Mirar unos ojos cuando estás mirando tu esqueleto,
acariciar con unas manos que tienen el tacto inverso
pues rebuscan al corazón involuntario como el esperma de los dormidos.
Hoy todo parece normal.
Diría que los ojos casi están en su sitio,
es solo cuestión de percepción.
Solo me pregunto
como salió por los párpados sin dejar una cicatriz
que cosiera el parir del inframundo
a la luz de la consciencia.
.
.

No siempre quien calla otorga


Tenía palabras escondidas rellenando la lengua.
Al abrir la boca brotaba silenciosa una bandada de flamencos danzando en el aire,
remontando el vuelo, tirando de los cordeles que los ataban
como cometas
al taller del corazón, descosiendo sus latidos,
dejando de improviso el alma al descubierto.

Y no es fácil caminar en silencio con el corazón por fuera…
Es como plantar semillas de rosas en una maceta sin tierra
esperando a que la lluvia prodigiosa de su caparazón las libere
sin un cimiento al que asirse,
y ver cómo se deshacen y se vuelven polvo de vida.

Creo que eran sus ojos. Desde ellos
lanzaba verdades al horizonte y el sol crecía.
Tanta luz saliendo, tanta luz
en el pecho,
tanta verdad callada fundida con la infinita comprensión del crepúsculo.
.
.
.

Ciudad adentro


Una ciudad vive en mí.
A veces, no puedo reconocerla,
se mezclan
los barrios como pedazos inconexos
hechos con ladrillos de realidad y cemento de sueños.

Me gusta pararme en sus parques. Muchas veces
están desiertos. El sol dora los verdes
y templa desnuda la piel en calma, tapizando de luces
párpados y ventanas que, abriéndose encienden
los senderos ocultos que conectan la memoria.

Hay suburbios en los que no puedo entrar.
Las deslenguadas carreteras
parecen estar cortadas y las aceras
son toboganes al vacío por los que transitan sólo fantasmas
inconscientes de ser ya sólo una instantánea del olvido.

Debo ir mucho en coche, pues veo a gente
llenar otras calles, pasear mudos
por las arterias blancas de esta urbe inundada
del eco ahogado de disonantes latidos,
dejando sorda la vida.

Quisiera llegar a su noche. Ver cómo van prendiéndose
de los recuerdos las farolas, reflejando
en el suelo mojado
mi rostro en movimiento, un rostro de pez
que no pudiera girar al cielo para ver las estrellas.