La escalera


Empezó a bajar despacio.
Flotando de alas sus `pies, alargaba
flexible el tiempo
y, simultáneamente, lo detenía.
Solo su luz delgada cruzaba la oscuridad del descenso,
inoculando prendidas burbujas
de día en la menguante noche.

¿Cuántos valiosos segundos
se necesitarían para medir la belleza
de un momento?

Mirada al frente, gasa ondulada su cuerpo
resbalaba suave ceñido a la declinante geografía de segmentos,
cual notas de un Pentagrama, entrelazando la melodía
del fluido vapor
de sus pasos.
Como rompiendo el silencio,
enhebrada la quietud con sus manos,
que danzaban alrededor, en sutil remolino,
¡llamando al aire!
como olas en remanso prestas a morir
bebidas por la avidez de la orilla.

¡Dibújame el infinito
y su lazo sinuoso de un trazo!,
todo él estará contenido
en ese progresivo instante, en el que la vida
pareciera crear de pronto, de la nada,
la inmensidad de un universo en movimiento.

Cerré los ojos
apretándolos para retener
su imagen
y se me fue bajando al corazón
como si recorriera escalones encendidos por dentro
que me quemaran alma y cuerpo
como un ardiente sorbo
de efímera eternidad.
.
.
.

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