Ella

Decidme si os pasa esto,
para apagar esta locura, ¡decidme si es esto mismo!:
ayer, sentí que tenía la vida entre mis manos, y hoy
se me escapa, sin apenas darme cuenta. Parece
que hace ya tiempo que viene haciéndolo. Va deprisa
y me engaña, me seduce y me dice cosas que no son,
y que más tarde
descubro que eran algo distinto a lo que pensaba.

Canturrea a mi lado y me pone ojos de niña buena,
dejándome cerca su boca de loto
que se abre insinuante en el lago de los años marchitos.
Se abre para que la bese silencioso creyendo que es mía.
Mía, cuando en realidad va despidiéndose
desde que llegó, embaucadora como el iris de un laberinto,
me da la mano mientras me desorienta diciéndome que siempre estaremos juntos.

¿Qué hacer?, ya veis…
La amo,
a pesar de todo, la amo,
su falda corta y su sonrisa inesperada, ella
siempre joven y sabia,
peinando atardeceres igual que clava sus uñas de crepúsculo en mi garganta,
haciéndome correr detrás de ella como humo
de agua sobre fuego, como voz al aire
reverberando en el precipicio de los sueños.

La amo, como amo a la nada que es el todo,
como amo a la esperanza que es espera continua,
tal y como amo cada verso no dicho que está tatuado en las aceras de los tímidos,
dejando una piel de silencios como una declaración de amor infinita.

No esperéis que os la presente… soy tan celoso,
que he decidido encerrarla en mi pecho
para que allí adentro, bucee en mi tiempo
como una paloma marina que olvidara para siempre la tierra.
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Emperador

Cuando yo me haya ido,
cuando no quede ya nada,

recordadme.

Si os dicen: ¡allá va
el olvido!…

¡atrapadlo!,

y rebuscad en sus bolsillos
la mirada que posé en el mundo,
las huellas que derramé
en los recodos de la existencia.

Dejaré mis laureles a la sombra,
la capa que revestía mi nombre
será como gasa de párpados
flotando al cegado viento,
un canto eterno a la vida.
Sonarán sus notas livianas
dibujando al cielo unas alas
y una luz como de ojos cansados
se verterá en el ayer del ocaso.

Cuando veáis brillar a lo lejos
mi corona de prócer invicto, no dudéis,
seguiré aún existiendo, de algún modo,
en el hueco que dejó mi paso
abonando por siempre vuestra tierra.

Me llamareis amor
o incluso veneno
cuando una luz involuntaria
os encienda en el pecho de nuevo todo un mar para mi estela.
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Desfile hacia la amnesia

Dicen que desde que se fue, vinieron las hormigas.
Era una hilera negra que cosía la mirada a la tierra,
una cadena de eslabones vivos que ocultaba sus lacerantes fauces
erosionando el aliento de la fe
que silbaba
entre las cordilleras frágiles de la entereza.

Dibujaban una telaraña densa
que iba engrosando sus patas,
como una tormenta de arena oscura
que borrara perseverante las huellas de su partida.
Cualquier migaja desaparecía, devorada,
como lo era la memoria.

Empezaron colándose por las rendijas de la calma,
y poco a poco,
fueron cubriendo la piel del desvelo, mientras inundaban
del olvido su garganta, que dejó de pronunciar su nombre
para rendirse a una afonía de desierto.

Solo quedaron los huesos de la nostalgia
sembrados por el suelo, y una fotografía, a modo de epitafio,
que había sido arrastrada hasta el fondo del hormiguero.

Extrañamente, permaneció un círculo inmaculado
que parecía repeler las patas del mudo ejército.
Por alguna razón, el lugar donde se despidió era tan blanco
como la cicatriz de una estrella muerta.

Dicen que desde que se fue, vinieron las hormigas.
Hoy, han desaparecido, y en lugar de su rencor,
reina un olor a insecticida
que cubre invisible los mordiscos de la ausencia.

Adentro,
sigue una hormiga instalada,
rumiando feroz sus venas,
infectadas
por un beso de miel homicida, maná
para una plaga que exhumara los demonios del recuerdo.
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Acrópolis

Hoy me parece imposible.
Sé que te dije que estaría,
pero nada
puede predecir la demolición de la conciencia.

He subido a las almenas para verte,
el cielo despejado, la brisa
limando dudas y destierros, el horizonte enlazándose a mis ojos
como una línea que va enroscándose hasta formar las palabras que me llevan
hacia el cauce de mi miedo
y tu felicidad

Los cañones apuntan lejos, y mi pecho
está perdido en esta cercanía.
¿Cómo podría musitar los adverbios que me llevan,
la música que abre las murallas, el inefable canto
del gorrión que se multiplica en vuelo hasta ser sólo uno en tu presencia? Hoy,
desciendo hacia el interior de estas paredes, y dejo a la tierra
lo que alimentaría a las estrellas.

No esperes banderas al aire, ni una mano
tendida desde la Torre de los Sueños. No. Hoy, suelto el alma al foso,
cuando esta fortaleza se derrumba, esperando
que el fluir bajo el barro, lleve su agua contaminada
hasta la reverberante embocadura, tan dulce,
de tu rivera.
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Resistencia

Se dispersan sus dudas como un mar en polvo,
limaduras del alma
que caen a la tierra seca, escamas
taponando los poros de la fe
que se abrían tímidos a la esperanza.

Tiene un colchón de adoquines para los huesos
de su inflexible rutina, y se hunde en el silencio
que queda tras desarmar sus metas
en la cumbre del olvido.

Hay un aire viciado en el esqueleto de sus días,
y sin embargo,
trae algún tipo de sonrisa
impredecible,
untuosa, que abre los pétalos de los sueños
con los que abanica su conciencia.
Un murciélago parece encajarse entre sus hombros,
pero sus alas negras
parecen afinarse, y a la luz
puede verse el perfil de un pelícano que alimenta su fortaleza.

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De los bosques

Cuando la vi,
balbuceaba unas notas corinto
entre lavandas…
Reina frugal,
descansa bajo edredones de acacias,
desayuna rocío en copas llenas
de madrugada,
acicalando sus ojos mirando
la belleza copiosa de las hojas.

Tibia es su sangre, de encendida plata,
como un sirope de estrellas que fluye
por el pecho ligero del desvelo,
calor latiendo
agudo y terso,
al impreciso ritmo de la luz
entre las ramas.

En vuelo regio y otra vez, ¡al viento!,
cielo recortando labios como alas,
amaneciendo en danza de jazmines,
deslizando los pies entre secretos
de luciente aura.

La ves, y se evapora, puro aliento,
gira en un torbellino tan pequeño
como la orilla calma de una lágrima,
y ríe, dulce,
como la estela de algún meteoro,
dejándome un perfume de quietud
abalanzándose
al horizonte poroso de mi alma.

¿La nombro?…no puedo…os contaré…
…duerme en un claro
de amapolas, hoguera de palabras,
en el centro de una selva profunda
que sueña, plenitud, poder amarla.

Venturoso la encontré entre mis nubes,
mientras atravesaban el jardín
donde bailaba:
del deseo a realidad, milagro
que se transforma a diario en mi almohada.

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Claroscuro

De la luz,
recuerdo que quemaba.
La masticaba, como un reguero de huidizas estrellas,
digería su estela con el sigilo de los peces,
brillando, en el fondo,
como una bandada de ángeles brillantes que removieran la marea
de la inocencia, con infinita dulzura, por el miedo congénito a bebérsela.

De la oscuridad,
creo no recordar nada
-me digo, aunque
ella me recuerda,
y busca a sabiendas en mis entrañas
la memoria escondida, profunda, para tragársela
como a un insecto que anduviera de espaldas a la conciencia.

De la nada
he aprendido a amarla:
“como cerrar los ojos al olvido…”,
aprieto los dientes, aunque duela,
y renazco como un náufrago
que hubiera muerto por querer atrapar a la felicidad en sus redes
y resucitara, dispuesto al viaje,
con un corazón de piedra en la mano y una nevera de sueños en la roída maleta.
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