No siempre quien calla otorga


Tenía palabras escondidas rellenando la lengua.
Al abrir la boca brotaba silenciosa una bandada de flamencos danzando en el aire,
remontando el vuelo, tirando de los cordeles que los ataban
como cometas
al taller del corazón, descosiendo sus latidos,
dejando de improviso el alma al descubierto.

Y no es fácil caminar en silencio con el corazón por fuera…
Es como plantar semillas de rosas en una maceta sin tierra
esperando a que la lluvia prodigiosa de su caparazón las libere
sin un cimiento al que asirse,
y ver cómo se deshacen y se vuelven polvo de vida.

Creo que eran sus ojos. Desde ellos
lanzaba verdades al horizonte y el sol crecía.
Tanta luz saliendo, tanta luz
en el pecho,
tanta verdad callada fundida con la infinita comprensión del crepúsculo.
.
.
.

Ciudad adentro


Una ciudad vive en mí.
A veces, no puedo reconocerla,
se mezclan
los barrios como pedazos inconexos
hechos con ladrillos de realidad y cemento de sueños.

Me gusta pararme en sus parques. Muchas veces
están desiertos. El sol dora los verdes
y templa desnuda la piel en calma, tapizando de luces
párpados y ventanas que, abriéndose encienden
los senderos ocultos que conectan la memoria.

Hay suburbios en los que no puedo entrar.
Las deslenguadas carreteras
parecen estar cortadas y las aceras
son toboganes al vacío por los que transitan sólo fantasmas
inconscientes de ser ya sólo una instantánea del olvido.

Debo ir mucho en coche, pues veo a gente
llenar otras calles, pasear mudos
por las arterias blancas de esta urbe inundada
del eco ahogado de disonantes latidos,
dejando sorda la vida.

Quisiera llegar a su noche. Ver cómo van prendiéndose
de los recuerdos las farolas, reflejando
en el suelo mojado
mi rostro en movimiento, un rostro de pez
que no pudiera girar al cielo para ver las estrellas.

Contraposición


Hace tanto tiempo, y sin embargo,
fue ayer
tan sólo.
Lejos, más allá de cualquier horizonte, allende las montañas,
en lo remoto,
a mi lado…
Resonaban conciertos a la vez en cada plaza del mundo, tambores tronando,
un firmamento de campanas, y
solo un suspiro.
Calles atestadas, ciudades abarrotadas, Incalculables grupos avanzando,
millones de caminos
reducidos
a un solo paso de baile.
Interminables carreteras, puentes gigantescos, infraestructuras complejas
cosiendo el mundo, pero
un simple nudo
de labios.
Libros y mas libros, bibliotecas enteras, edificios llenos de palabras
miles de idiomas, y en un susurro
todo tu nombre.
Selvas densas, bosques de frondosidad sublime, fondos marinos de corales
¡la naturaleza cubriendo la tierra!, en la que cae
inmensa
una pestaña tuya.
.
.
.

Antídoto verbal


Con esto del coronavirus
he pensado en sacar la artillería
que poderosa late
en la fuerza de las Palabras…
Nada mejor
para desquitarse de las distancias
y los desencuentros
-algunos, no lo neguéis,
ya venían de antes…-
que gritar todo lo prohibido,
y fundir tanto desierto en su aislamiento de chicharras.

Y así, ir mordiendo el vacío
de cada centímetro que queda entre tus ojos
y los míos, besar con lengua la voz
que rezuma de tu garganta
invisible
como el esperma del silencio,
lamer tus remotos gestos,
engendrando en la distancia, con mi saliva,
la danza secreta de tus latidos
en vaivén desolado,
y chupar, suave,
la ternura
que segrega
el fluir de tus pasos
-que resuenan aún en mi- tan escondidos.

Acariciarte ardiente
con la ciega extensión de mis sentidos,
hoy tan presos y aun así
más vivos que nunca. En lejano éxtasis
hacerte el amor,
con los solitarios poros abiertos
de mi alzado pensamiento.
Y derramar mi simiente
en tus confinados miedos
hasta renacer…

Renacer
en el sopor de la calle
allí donde el calor nos desnude otra vez, y no quede
germen de ningún invierno.
Ningún invierno que contagie
de escarchas al corazón
que deambule, ya por siempre,
consciente de la fragilidad que envuelve
su libertad cristalina.
.
.
.

El viaje irreversible


Debería empezar a viajar,
a conocer el mundo,
reconocer aquellos lugares que guardan cosas de mi
de alguna manera
aunque no me pertenezcan hasta ese futuro en el que los ocupe.
Ya ves, eso es el tiempo
algo que se escapa cuando se toma conciencia de que empieza,
como una dulce llamada desde el invisible horizonte
que viene a nombrarnos con el clamor de las batallas
que se saben perdidas
pero que valen la pena luchar hasta el último aliento.

Empezar a viajar debe ser como empezar a vivir…
Vivir
tras haber vivido.
Empezar a ser
cuando se ha sido algo que es, de nosotros, solo una parte.
Ser acaso otro,
otro que nos hable desde algún lugar
en el que poder reconocerse de nuevo,
quizás por primera vez…
Dejar atrás todo aquello que antes creímos verdadero
y los días probaron que era solo humo
de la hoguera mansa de nuestros apetitos inciertos,
anclándonos a todos los miedos inventados que nos resguardan tanto
como nos mutilan.

Quizás no vuelva…
todo depende
de cuanto pueda perderme,
de cuanto pueda encontrarme,
de todo lo que la vida me de
o me quite
cuando vaya a buscarla
y nos miremos de frente
como dos desconocidos que se encontraran
en medio de la nada
y reconocieran desde el otro lo que no supieron soñar con ser un día.
.
.
.

Fuego


Cuántas veces se habrán cerrado los párpados hoy.
El fuego avanza
quemando todo, no deja
nada.
Hay palabras que se calcinan,
crujen con un extraño acento
como a lengua muerta
dejando sus cenizas un clamoroso silencio.
Sus brasas, entran por los ojos y ciegan pájaros de sueño en vuelo,
negros los estanques del carbón de la carne,
incendiando la ropa que chisporrotea de recuerdos.
No hay bosque que aguante tanta rabia,
crepita de humeantes sombras como si explotara  el mundo.
No hay ternura que apague el infierno del olvido.

.

Inesperado

Son las ramas
al viento
¡las ramas!
las que arquean el peso de las horas
y dejan a mi corazón
balanceándose
en sus hojas
suspendido

como el péndulo de la esperanza.

.

.

 
.
.

Insignificante demencia


He empezado a coleccionar hormigas.
¡Son tan fuertes y diminutas!…
Las observo con esmero y precisión, escudriño
en sus esqueletos armados, buscando cicatrices,
huellas de batallas acaecidas bajo el mismo sol nuestro.

Miro a sus breves ojos buscando algo reconocible,
algún destello de verdad que se cuele en mi inmenso globo ocular
que titila desde arriba como el espejo de un señuelo.

Las observo buscando signos de sentimientos,
un vínculo que dibuje algún gesto de alegría,
el destello de un encuentro que sea un reconocerse
en medio del desfilar del ejército.

Se que parecerá una locura, pero
he empezado a comprender…

Algunos me observan y ríen desde lejos.
No saben, desdichados,
todo lo que he descubierto. Al fin y al cabo,
¿quién sabe lo que guarda un corazón
en la inmensidad de su hueco,
aunque sea tan pequeño?
.
.
.

Un lugar

Hay un lugar al que pertenezco.
Silencioso, la vida entra ligera por la ventana,
y sus murmullos dejan en el interior
como un remanso benévolo donde respirar el día.

Es curioso como se adapta a mí.
Puedo deslizarme -ojos cerrados- sobre cada cosa que lo habita,
sentir la luz tamizada que descansa en su piel
titilando como párpados que se abrieran livianos a la vida.

Afuera, se suceden ecos de agua que reflejan el mundo
con montañas que se abren como el hueco lejano de unas manos serenamente vacías.
Aquí puedo respirar, como si el aire fuera yo mismo,
aire repleto de palabras que vienen a bañar al corazón tranquilo.

Ayer no recordaba el camino, y hoy
parece que latiera desde el futuro, al unísono conmigo,
llamándome insistente para que, ¡al fin!, un día,
pueda encontrarlo.
.
.
.

Pasos venideros

Imagen


Van pesadas las tortugas arrastrando su concha por la playa negra.
Salen de la mar y de su blanca espuma, en silencio, deslizando sus propósitos por la confusa arena.
Quizás sueñen… e imaginen en la noche
otras vidas que llegarán,
abriendo sus ojos a la línea azul salvadora de un infinito de plata.

Desovan sus promesas en un agujero improvisado de cuna,
un corte en la piel adoptiva de la maleable tierra,
un surco en el que se derrama la vida, refugio improvisado
que calienta esperanzas bajo el arrullo latente de olas encendidas.

Las veo y me parece encontrarme por momentos.
Su rostro duro cruza determinado los peligros para velar por su descendencia,
madres… mas
es como si pudiera yo ir andando junto a ellas, dejando mis huellas de padre
en silencio, arrastrando la concha de los días,
escribiendo los nombres de mis hijos bajo un cielo lleno de estrellas.
.
.
.