Pedestal y cima


He venido a perder el alma.
¡A alejarme
aún más y de todo!
¡A largarme! Arriba,
en la montaña,
no quedan rastros de ti.
Las altas rocas, almohadas templadas,
impulsan a volar los sueños, despeñándolos
por el abismo de mi corazón dormido,
la piedra más fría
rodando tinta roja por el musgo.
Desde aquí, el cielo,
una ventana única entre el horizonte y el cosmos
y mis manos, así pequeñas, sus hojas que cierran y abren
la vida
a las estrellas.
¡Un salto bastaría para verte!,
mas
no hay escalones que se incrusten en mi odio,
y escalar este rencor de mil barrancos.
Tan solo mis labios
reblandecen la sima
en un gesto, fortuito,
sideral,
que se arranca en mi memoria.
¿Será ya demasiado tarde
para lanzarme a morir en tu busca?
.
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Identidad y semejanza

 

¿Has visto cómo van y vienen los pájaros?
Sus alas, tan quietas,
remueven mi conciencia.

El cielo,
una maraña de caminos
invisibles
donde los pájaros parecen irse
dejando un azul que aplasta,
un azul intenso,
que parece un desmesurado fondo
sin memoria.

Recuerdo sus alas
como cuchillos que rasgaran
la luz infinita
y abrieran apenas las rendijas
hacia alguna realidad, que está
inalcanzable, del otro lado,
y que solo ellos pueden verla.

Aquí abajo
parece que una música lejana
moviera los hilos que los mecen
haciéndoles flotar
entre las corrientes de los días.

¡De pronto,
vuelven los pájaros!
Uno me sobrevuela
como si quisiera quedarse,
y me digo que debo ser yo…
¡yo!, divisando
desde alguna parte
como el mundo me mira
sin saber quién soy.

Lo veo dar vueltas,
quedarse quieto
como
si fuera
parte del instante
y en ese momento
ya no hay nada que me aleje
de cualquier otro hombre
que habitara sobre la tierra.
.
.
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Carretera


Te escribo mientras conduzco.
La infinita cinta del asfalto va lamiendo negra
la profundidad de mi memoria.
Estamos solos. Ronronea el motor retorcidas culpas
que se disuelven en músicas cuyos suspiros se filtran
desde lugares remotos
haciéndome flotar, para encontrarte.
Todo queda fuera, lejos
cajas de viviendas se suceden sedentarias,
agrupándose en la ladera que discurre desde este bordillo de urgencias
hacia el titilante vientre de una mar en calma.
Impulsado en esta digestión metálica,
la atemporalidad se vierte dentro de mi autónoma cápsula,
fluyendo bajo bucles
de anaranjadas nubes
que van trascribiendo frases a mi subconsciente,
y me transportan
hacia ti,
fraccionado en instantes.
Desde aquí, los paisajes cambiantes van mezclándose con los momentos vividos,
y te veo, ¡más que nunca!, en esta amalgama de curvas
que aglutinan el periplo de la vida.
A mi lado, te vas transformando,
fluyes en anacronía de emociones,
pieles mutantes librándose transparentes a la calzada
tatuando un diálogo con la tierra.
Se establece un orden de entendimiento y armonía entre nosotros.
Quizás hoy seas más yo, reconstruido
en esta lucidez efímera.
Te abrazo un instante
mientras te bajas,
con la impresión de haberme escuchado
viajando a través de tu conciencia.
Y me voy solo,
mientras los otros yo vuelven a sus tumbas
cuyas lápidas
transparentes
están, siempre, abiertas.

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Clave para el movimiento

 


Salen guirnaldas a tu paso que se cuelgan de los ojos como si abrieran los párpados al viento,
que se cuela dentro, sembrando pájaros rojos que vuelan hacia los abismos del pecho.
¡Y vibra!, vibra como un nudo aleteando en su cuerda,
una cuerda que se anudara al infinito de la consciencia.

Nunca llueve en los desfiladeros de las costillas cuando te acogen cálidas entre sueños.
Entonces, eres tan solo ya sonido,
sonido de mi corazón,
murmullo que hace oscilar al firmamento.

Quema verte, arden las crestas de los pulmones del ama, y cuesta subirlas,
ascender estampando las huellas de los deseos, un pacto de silencio con la luz de tus gestos,
parpadeos que hacen girar al mundo tatuando los lugares con tu cuerpo,
una secuencia de fotogramas que va uniendo las derivas de la inmortalidad
que se escurren en tu coreografía de momentos.

Nadie lo ve, entonces… soy ya solo baile, se conectan los músculos y
todo es danza, ¡imparable!,
revolviendo mis adentros.
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Extravío

Hoy llegaron orcas a la playa.
La lluvia las mojaba, a lo lejos.
Su piel negra se empañaba como un cristal ciego que engullera todo.
Hace tanto que no te veo.

He descorrido a la marea las cortinas enredadas de este museo de vértigos,
y la memoria chispeaba perdida, al otro lado.
La luz se ha colado recogiendo el blanco silencioso de las paredes.
Entre las palabras hay espacios infinitos.

Afuera, paso entre las gotas mientras tus ojos se alejan.
La distancia seca a los árboles y la sed enmudece a los pájaros.
Los charcos son destino de huellas perdidas.
De mi boca se ha desplomado tu nombre como un alud sobre el olvido.

La arena es un cementerio dorado para los cetáceos perdidos.
El instinto clava su esperanza en lo insensato.
No hay hienas devorando sueños en la orilla.
Caen las olas como ilimitadas páginas de la indiferencia.
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Tal vez hoy solo sea

Hoy, quiero dejar que el día avance
y me acoja entre sus furtivas garras.
Que sujete persistente la lumbre
de lo vivido en el abismo, que me susurre futuros ligeros
que se vuelen imprecisos, mientras va engullendo las horas
como una ballena inmensa, que silenciosa,
devorara inexpresiva un arsenal de mudas inquietudes.

Dejar que el día pase
sin bracear su marea, que se pose el polvo imantado
en su clavícula de cera templada, y maleable
se funda con la noche -si llegara-
como si una desorientada bandada de gorriones entrara por mi boca
y anidara inmune piando sinrazones en el centro de mis latidos.

Alargar las horas, sin objetivos que alcanzar,
que la vida aminore su aliento de fiera
en mi sigilo de explorador perdido, coagulando la sangre del instante
mientras fluye lentamente hacia un mañana impredecible.

Dejar que se alargue dulcemente
como si plegaran el testimonio de las sombras, un origami
en el que pudiera guardar mis silencios
como cápsulas de tiempo rendido
que nutrieran al antojo mi memoria.

Va pasando el tiempo
hoy
como cualquier día, y sin embargo,
me atraviesa el alma como si fuera
toda una vida
que creciera a expensas de la mía,
un universo paralelo al que nunca más llegara mi conciencia.
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Desechos

El cubo de basura ha vuelto a rebosar,
y despojos de tristezas han anegado el suelo.

Nada puede hacerse. Este accidente fortuito
ha hecho supurar la nostalgia
y ahora rezuma por las paredes, que indolentes,
van dejando gotear la grasa del recurrente olvido.

Todo está sucio. El ayer
ha dejado un hueco pringoso que huele a rancio. Creo que son pedazos de soledad
que han empezado a descomponerse,
como los cadáveres de nuestras fotos que parecen limar sus huesos.

Un aire de normalidad va espolvoreando desidias
en los charcos de orines donde beben los demonios del salón los recuerdos,
y los buitres se han desplomado alrededor, cansados de tanta muerte.

Solo el hielo queda blanco. Instalado en mi corazón, brilla
alrededor de la inmundicia. Soberbio, nada lo contamina y, sin embargo,
a veces creo que tiene vocación de puerco,
pues lo veo enrojecer en sus bordes
como si, ingenuo, quisiera saltar al lodo de la esperanza.
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