Insignificante demencia


He empezado a coleccionar hormigas.
¡Son tan fuertes y diminutas!…
Las observo con esmero y precisión, escudriño
en sus esqueletos armados, buscando cicatrices,
huellas de batallas acaecidas bajo el mismo sol nuestro.

Miro a sus breves ojos buscando algo reconocible,
algún destello de verdad que se cuele en mi inmenso globo ocular
que titila desde arriba como el espejo de un señuelo.

Las observo buscando signos de sentimientos,
un vínculo que dibuje algún gesto de alegría,
el destello de un encuentro que sea un reconocerse
en medio del desfilar del ejército.

Se que parecerá una locura, pero
he empezado a comprender…

Algunos me observan y ríen desde lejos.
No saben, desdichados,
todo lo que he descubierto. Al fin y al cabo,
¿quién sabe lo que guarda un corazón
en la inmensidad de su hueco,
aunque sea tan pequeño?
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Un lugar

Hay un lugar al que pertenezco.
Silencioso, la vida entra ligera por la ventana,
y sus murmullos dejan en el interior
como un remanso benévolo donde respirar el día.

Es curioso como se adapta a mí.
Puedo deslizarme -ojos cerrados- sobre cada cosa que lo habita,
sentir la luz tamizada que descansa en su piel
titilando como párpados que se abrieran livianos a la vida.

Afuera, se suceden ecos de agua que reflejan el mundo
con montañas que se abren como el hueco lejano de unas manos serenamente vacías.
Aquí puedo respirar, como si el aire fuera yo mismo,
aire repleto de palabras que vienen a bañar al corazón tranquilo.

Ayer no recordaba el camino, y hoy
parece que latiera desde el futuro, al unísono conmigo,
llamándome insistente para que, ¡al fin!, un día,
pueda encontrarlo.
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Pasos venideros

Imagen


Van pesadas las tortugas arrastrando su concha por la playa negra.
Salen de la mar y de su blanca espuma, en silencio, deslizando sus propósitos por la confusa arena.
Quizás sueñen… e imaginen en la noche
otras vidas que llegarán,
abriendo sus ojos a la línea azul salvadora de un infinito de plata.

Desovan sus promesas en un agujero improvisado de cuna,
un corte en la piel adoptiva de la maleable tierra,
un surco en el que se derrama la vida, refugio improvisado
que calienta esperanzas bajo el arrullo latente de olas encendidas.

Las veo y me parece encontrarme por momentos.
Su rostro duro cruza determinado los peligros para velar por su descendencia,
madres… mas
es como si pudiera yo ir andando junto a ellas, dejando mis huellas de padre
en silencio, arrastrando la concha de los días,
escribiendo los nombres de mis hijos bajo un cielo lleno de estrellas.
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La sangre del tiempo


A veces la sangre tiene el olor del olvido.
Galopa ardiente como una pantera despiadada por las venas del hambre, suprimiendo
azules los recuerdos, mientras crujen los huesos
como raspas frías,
dejando al cuerpo como a salvo, mas sin memoria mortalmente herido.
He visto así desandar las calles a los inapetentes de la esperanza,
adormecerse en las aceras mientras deambulan con los ojos abiertos
inconexos con el mundo… ¿Quién no fue acaso una vez
uno de estos zombis del cariño?

A veces la sangre tiene el olor de la memoria.
Conecta los poros de todos los que fuimos entre sí como un wifi epidérmico,
y el cuerpo entero flota rozando los abismos como un pájaro sin cielo
pues vuela absorbiendo la luz caduca del mundo.

Hay veces que la sangre explota dentro.
Ese día el cosmos gira en torno al corazón,
se forma un lago en remanso en nuestro interior
y sumergidos, podemos nadar en el instante presente
y ser el momento.
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Hacia lo alto


¡Son tan altas aquellas cumbres!
Suben tanto que no dejan resquicio a los temblores,
afilan sus picos y pinchan nubes como párpados
vertiéndose la memoria líquida como tinieblas por la acerada pendiente.

Trepan al cielo como manos cerradas
guardando sus secretos adentro, para que no se vuelen…
quizás un soplo fuerte bastara para abrir
los dedos ocultos de la amante tierra.

No hay palabras arriba, tan solo silencio,
como un susurro que es voz infinita expandiéndose al firmamento,
recortado por sus perfiles como un pentagrama curvo
cuya melodía fuera una sonrisa imperceptible, divina.

Estar abajo es mirar hacia arriba, verlas cruzar cualquier ingenio
y sentir que el mundo es enorme…
Tan grande que es solo cerrar los ojos
y dejarse estremecer por la belleza de tan equilibrado exceso.
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Afuera


Los peces no vuelan.
Sobrevuelan… pero su aire es espeso,
sangre blanca que emana de las entrañas del mundo.

¿Cuántos peces habrá
queriendo saltar al cielo?

Imagino un banco tras una nube
sorbiendo despacio alguna gota de lluvia
que se desliza del infinito.

Sus ojos fijos atravesados
por la luz que rebota en las montañas
y serpentea burbujeante en el espejo inquieto de algún río.

Quizás alguna música perdida bailando entre sus escamas,
una escueta sonrisa en sus perfiles planos
al bajar en picado hacia la piel de un valle florido.

El mar,

¡el mar llamándolos a lo lejos!,
blandiendo olas como labios
abriéndose a sus aletas al viento.

Pero… al fin y al cabo, ¿quién dijo que vivir sea tan solo
bucear en las aguas del recuerdo
y no volar a lo desconocido?

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Vuelo nocturno

Es extraño… Hoy
los pájaros vuelan en la noche,
¡cualquiera diría que andan perdidos! Sus trinos
resuenan a lo lejos, en la oscuridad, en la ceguera
consentida del mundo.
Pasear bajo su vuelo
es como aventurarse al flujo del tráfico, atravesándolo
con los ojos cerrados.
Hoy los pájaros tienen sed.
Buscan saciar la sequía con sus alas,
mojarlas en el viento y sentir el frío para sentir la vida.
No sé qué hacen todos así, juntos
dibujando estelas negras en el cielo.
Abajo,
mis pisadas hacen crujir la tierra, y a mi alrededor
las bandadas se arremolinan
haciendo detonar en chasquidos infinitos el aire que expiro.
Parece que nada duerme. Hoy el tiempo
es el hueco donde se precipitan todos los relojes,
y sus intervalos fugados
los pájaros
que salen de mi cabeza,
tan rota por las grietas que han ido abriendo
¡en su desatino!
los imprudentes y liberadores sueños.
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