Confluencia

Hay abrazos que atraviesan el alma. Eso me dijo.

Anoche tuve la sensación de regresar de algún viaje del que no fui consciente. Las maletas eran tan solo algunas voces que se desperdigaban en el aire, como si de miradas invisibles estuvieran las distancias llenas, de manos que se buscan en los rincones de la memoria abarrotados los humedales de la consciencia. A veces la normalidad parece tan solo un devenir sin valor, cuando en el fondo es el todo en el que confluye el cosmos.

No era fácil encontrarse. Todo había pasado tan rápido. La marea crecía y los ojos se llenaban de lágrimas. Licuarse era lo vigente, dejarse fluir sin destino, disolverse como una gota más que cae partida en el mundo.

Nos encontramos al fondo de la dársena. Casi no quedaban plazas y aquel era el último barco que partía hacia la Nada.

La lluvia era tan fuerte que no reconocí la voz de sus ojos, que titilaban como lo hace a veces la duda en los labios que no se cierran, revolviendo las ausencias. Se acercó con todo el peso de la vida agolpado en esos pocos pasos que no dejaban huella, tan solo una estela que se borraba en un desaguar de la esperanza: ¡Querido amigo! Otra vez juntos…

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Rememorando el olvido

 

 

Se puso delante del conocido paisaje.

Horizontal, el pincel buscaba la escala de los volúmenes, identificaba las sombras, limitaba las luces que brillaban ante sus ojos, que sedientos y en batida, cabalgaban inagotables los sueños como centauros iridiscentes.
Buscó en su paleta los colores, y se sumergió en ellos, buceando, aún más lejos, hasta donde no llegaban sus recuerdos.

Encontró a su madre sentada en el naranja. Con una sonrisa abierta, mecía ternuras
y un anacarado silencio.
Le dibujó sobre sus párpados unas pupilas doradas, y extendió la luz hasta el horizonte, de un solo trazo.

El sol salió entonces, y el azul iba aclarando su fondo,
como si le salieran alas.

Las tomó prestadas para llegar hasta la cima de las montañas. Su padre
dibujaba en su escarpado suelo algo parecido a unos brazos, tratando de abarcarlas.
Tomó el verde en su pincel,
y a sus manos les dió hojas, y con ellas, ya de roble, voz al viento.
Y escuchó su nombre.

Despegó en añiles y violetas, flotando, y de repente
tuvo frío.

Sacó del corazón su fuego. Con el rojo
trató de dar, con su calor, eternidad de sangre al paisaje, que ya anochecía, dejando tan solo enfrente del mismo
un lienzo en blanco, que en su centro,
parecía tener un punto infinito,
multicrómatico… sonreía,
¡lleno de ojos a su encuentro!

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Desconocida

Imagen

 

Atraviesas las calles como lo hacías antes. Bajas la mañana, el imprevisto te sonríe bajo la acera, la noche desaparece bajo tus tacones de madrugada.

No lo enseñas, pero no eres la misma. Sigues usando ese pintalabios fuego que encendía tu sombra de 20 años, y que creó una platea de pupilas al borde de una vida que corría, tan deprisa.

Demasiado deprisa cuando se trata de uno, que solo avanza, de ti, buscando tu página en el libro de los días.
Sin tanto que soñar, sin tanto que imaginar, sin que el amor diga aun si quiere pararse en tu ventana abierta. Y lo intentas, una y otra vez, aunque te digas que no estas lista.
Y tantos viajes.

Y ya ves, aquí sigues, esperando la calma, buscando la manera, trazando líneas confusas, descarnando ideas mal ejecutadas a los resquicios de los días.

No siempre, sabes, hay nieve en las cumbres. A veces hay tan solo una escarcha dulce, casi cálida, que se desliza como un domingo silencioso, hacia la velocidad de la rutina.

No creas que estoy ausente. Que no te pienso. Que no sigo persiguiendo la luz que se precipita de tus esquivos ojos, la miel de tu boca de la que caen como olas un sinfín de voces desnudas a este puerto que es dársena abierta hacia los continentes que te nombran.
Arde la vida, a este lado, en esta inmensidad opaca de imaginar tu piel resbalando entre las costuras del tiempo.

Mi voz, tan sólo, la de uno de tantos, la de aquel que no te ha hablado aún, la de cualquiera que te espera, la de uno de los que encontraste, otro hombre más, quizás el único, como tú, alguien que no ha sabido cruzarse y que hoy te habla, desde estas líneas que nunca escribió, que quizás sean más suyas que mías.

Tomando el pulso, desde lejos, quizás un día contemplemos la magia que resta en ese beso no dado, en la niebla que te nace cuando te lanzas al huidizo destino, invisible.

Desenlace

¿Ves las manos?

Quizás creerás que son el final de los brazos pero, en realidad,
son el final de la vida.
Acércate. Pega tus ojos a ellas como a un cristal. Siente su frialdad:

Están muertas.

Parecen moverse, abrazar los objetos, asir algún recuerdo
como si pudieran atraparlo en su huida,
pero son el puente fracturado
que hace precipitarse hacia el olvido.
En su fondo se abandonan,
como pescados podridos se hunden balanceándose en el vacío,
pues pesan más que los cadáveres abotargados
de la extraviada certeza.

Cada dedo está colgando, sin hueso
que enlace su carne a la memoria.
Se han desprendido las huellas,
son como un terreno baldío, en el que se hubieran calcinado
hasta las raíces de la existencia.

Cuando las veas en el suelo, a tus pies,
y me veas marchar
con unas prótesis idénticas
que se anclan a mi médula,
sabrás
que te dejaron atrás sus despojos, para siempre,
y un nuevo mundo se ha instalado en mis sentidos
para reiniciar reencarnado mis huellas sobre la tierra.
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Manantial


¡Nada de lo de antes
cuenta hasta ahora!
Todo lo vivido es una hoja en blanco
con sus bordes cortando
afilados
la lengua de los días.
Hay pájaros que quieren posarse
entre los vacíos que inundan
estos desiertos lechosos que emanan del ayer;
palabras con alas,
perfiles sonoros recortando en negro
la memoria diluida,
un rumor que sobrevuela el tiempo
y habla, remotamente,
como si pudiera oírse mejor
al alejarse
y mirar desde algún infinito
que acoge, indulgente,
a los ojos del alma.
Y escribir la vida es ahora
el litigio con la Nada.
Una Nada que envuelve transparente la garganta
como un pañuelo que ahorca
ligero tanto
como eleva la mañana.
El viento sopla
desde los edificios ocultos
donde se esconde la voz,
y esparce como a un averío las páginas,
que quedan impresas
cuando el corazón, por fin,
calla
y se inunda, inocente,
de un aleteo confiado cercano a la esperanza.
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Providencia


¿Recuerdas el vuelo bajo
de aquellos pájaros azules, tan ruidosos,
que cruzaban los inviernos acariciando humeantes los alcornoques?
Cierro los ojos, y entre sus sombras de plata
siento el zumbido sólido de su corazón, que
diminuto,
tan pequeño,
atraviesa entero el mío,
como mil dardos ardientes que robaran con sus alas todo el rojo
de mi conciencia dormida. Van dejando a su paso
un hueco indiscernible en mi pecho
abierto
ya por siempre, que es como un recuadro
en que el horizonte se enmarcara,
entre mis costillas,
ramas
que se balancean en el vacío
dibujando algo parecido a una máquina
transparente
que me hace caminar…Andar
y andar
hacia la promesa de un mañana
en el que una bandada de anhelos
va
¡volando alto!
con una confianza indudable en el infinito.
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Rojo

Una amapola duerme
en los brazos de una ola.
De tan roja, se acurruca
entre sus salinos hombros
que la envenenarían tan solo
con rozarla en su vaivén maldito.
Duerme y se estremece
en su burbuja de aire intacto,
flotando así, ilesa,
como un milagro impredecible
en el romper de su vientre.

Avanza en desequilibrio
de tiempo finito azulado,
hacia el despeñar de los sentidos
que llegará
cuando todo acabe
y se estrelle para desangrarse
en un sucumbir de pétalos.

Es una flor como
una úlcera
que le crece a una mar fría,
una caries sangrando oculta
entre brillantes y afilados colmillos,
un beso rojo estampado
a un suelo que exhala lejía,
un rayo inútil tirado
al vislumbrar de la ceguera.

Mi corazón es…
el que duerme
en los brazos de una ola.
Sin pulso diría apenas
en un aire de mentiras
que me digo confundido
y aparentemente me salvan
en el progresar salobre
de lo inevitable llegando
cuando en la orilla reviente
por fin de un sordo estruendo
un último y rendido latido
y un adiós, encarnado, inunde
para siempre la abrumada tierra.
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